"El amor de Cristo nos apremia." San Pablo, 2 Cor 5,14

"El amor de Cristo nos apremia." San Pablo, 2 Cor 5,14
" Debemos tomar conciencia que hemos de ser una Iglesia no solamente fraterna y solidaria, sino también y esencialmente misionera. (J. L. Corral)

Llamados a construir un mundo más fraterno, tratan de irradiar a los demás el gozo y la esperanza

San Francisco "Instituyó tres órdenes: a la primera ha llamado de los hermanos Menores, a la segunda de las Damas Pobres, Orden de Penitencia es el nombre de la tercera, constituida por personas de uno y otro sexo" (Oficio rítmico de san Francisco. Julián de Espira)

La Orden Franciscana Secular (O.F.S.)

La Orden Franciscana Secular (O.F.S.)

En este blog se pretende aprender entre todos, sobre la espiritualidad de san Francisco, que como religioso nos mostró, el camino a la Verdad que lleva hacia la fuente de vida.

¡Señor que siempre tenga sed de Ti!

Nuestra Señora de Fátima

Nuestra Señora de Fátima

S.E.R

S.E.R

jueves, 27 de mayo de 2010

Subsidio Pentecostés


EUCARISTÍA DE PENTECOSTÉS
DÍA DE LA ACCIÓN CATÓLICA Y DEL APOSTOLADO SEGLAR

¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian la buena noticia!


Monición de Entrada

Cada domingo, en la Eucaristía, la comunidad cristiana, se reúne «para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan, y en las oraciones». Hoy, fiesta de Pentecostés, actualizamos el envío que Jesús hace a sus discípulos para ser signo de perdón y de paz, signos de Dios en nuestro mundo.
En esta celebración damos gracias a Dios por tantas personas que se han embarcado en la gran misión de ser, con obras y palabras, mensajeros del Evangelio. El Espíritu no nos dejará de su mano y nos anima a que seamos testigos de su amor en el mundo.
Nos sentimos unidos a toda la Iglesia en España que recuerda el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar y pedimos a Dios, al comienzo de esta celebración, que nos haga participar activamente en la vida de la Iglesia con nuestro compromiso en el anuncio del Evangelio.
Acto penitencial
Señor, sabes que ponemos nuestra mirada y confianza en ti. Sabemos que Tú sigues enviando tu Espíritu que sana el corazón enfermo, perdona al que yerra y acoge a quien se arrepiente. En el día de Pentecostés reco­nocemos nuestro pecado:
Por las ocasiones en que callamos y no anunciamos el Evangelio. Señor ten piedad.
Por las veces que no somos signos de Jesucristo, que "pasó haciendo el bien, y curando a los oprimidos por el mal". Cristo ten piedad.
Por no ser protagonistas, piedras vivas, en la construcción de tu Igle­sia. Señor ten piedad.
Monición a las Lecturas
Las lecturas nos presentan la primera comunidad, reunida, con las puertas cerradas "por miedo". La presencia de Jesús resucitado va a trans-formar el miedo en alegría y la oscuridad en luz. A partir de ese momento nada será igual. Comienza un nuevo tiempo en la Iglesia en el que «se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extran­jeras...». Todos los que escuchaban entendían el mensaje: "Jesús es el Señor". Ese mismo Espíritu es el que nos convierte en miembros activos de la Iglesia y en mensajeros de paz y perdón.

Homilía
La Iglesia entera escucha este día el mensaje de jesucristo: "Así os envío yo", y se siente protagonista en el anuncio del Evangelio. La Iglesia existe para evangelizar. Es su origen y meta, su camino y su acción. Nada ni nadie en la comunidad eclesial queda al margen de este mandato del Señor. Evangelizar supone llevar "la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad" (EN). La Iglesia realiza este anuncio con palabras que anuncian la Palabra, pero también con signos que edifican el Reino. "Se trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos"(EN).
En este día de Pentecostés queremos contemplar las huellas de Dios que recorren la historia de la humanidad. Son huellas marcadas por tes­tigos del Evangelio. Son las huellas de los primeros discípulos que, aún temerosos, escucharon el envío de Jesús. Las huellas de Pablo, que rom­pió muros y fronteras para hacer llegar el Evangelio a todo el mundo conocido. Las huellas de una infinidad de testigos que, a lo largo de dos milenios, han empapado lugares y culturas del mensaje del Evangelio. Hoy seguimos descubriendo tus huellas en tantas y tantos cristianos que siguen anunciando a Jesucristo de una forma nueva, "nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión".
Reconocemos tus huellas en cristianos laicos que trabajan comprome­tidos por la justicia en el mundo, que son testimonio de paz en lugares donde reina la violencia, que viven desde una perspectiva ecológica y sostenible, que fomentan una cultura de la solidaridad y que apuestan por un mundo nuevo. Son rumor de Dios en nuestro mundo y nuestro en-torno. Como dice el mensaje al Pueblo de Dios del reciente Sínodo de la Palabra, en estas situaciones descubrimos "una presencia divina... que, mediante la acción del Señor de la historia, se inserta en un plan más elevado de salvación, para que 'todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (Mensaje del Sínodo 2).
Hay otras huellas ante las que sólo hay que abrir los oídos para escu­char el mensaje de salvación anunciado y "explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús"(EN). Nuestra cultura sigue esperan-do anuncios de vida, palabras de sentido y modelos de existencia. Los cristianos tenemos un tesoro que compartir y ofrecer: es Jesucristo y su Palabra. No podemos permanecer en silencio ni encerrar el Evangelio. "El cristiano da testimonio de su esperanza...'con delicadeza y respeto, y con tranquilidad de conciencia' (Sínodo 7) aunque preparado para sufrir incomprensión. Hoy más que nunca son necesarios testigos como san Pablo, refrenden con la propia vida el mensaje que anuncian. La Palabra es viva y eficaz" (Hb 4, 12), así lo contemplamos y celebramos en la vida de tantos mensajeros que anuncian el Evangelio y son los primeros transformados por la Palabra que viven.
Todo el Pueblo de Dios, laicos, religiosos y sacerdotes, somos nece­sarios y todos somos protagonistas en el anuncio del Evangelio y en la edificación del Reino. Los distintos dones y carismas son "para el bien común", nunca para el beneficio individual. En la Iglesia reconocemos gran diversidad de ministerios que, como "miembros del cuerpo", hacen posible esta misión. Todos estamos necesitados de los demás y preocupa-dos de los otros. Sólo así la Iglesia será "casa de la Palabra" que anuncie el Evangelio, celebre la Eucaristía, sea espacio de oración y encuentro comunitario. En definitiva, ni una estéril uniformidad, ni una dispersión indiscriminada serán signo del Evangelio en la actualidad.
A los discípulos de Jesús los encontramos reunidos, unas veces teme­rosos, otras en oración, no es extraño encontrarlos en grupo anunciando el Evangelio, pero siempre están con el respaldo de una comunidad que alienta el compromiso misionero. Hoy las circunstancias han cambiado, "los caminos que se abren frente a nosotros, hoy, no son únicamente los que recorrió san Pablo o los primeros evangelizadores" (Sínodo 101. El momento actual requiere evangelizadores activos que lleven el mensaje a todos los rincones de la sociedad y de la cultura. Si cada uno vamos por libre, poco tenemos que hacer. Solos no podemos. Necesitamos esta­blecer redes, asociarnos, crear comunidades en las que compartamos la vida y la misión. Sólo así será posible un anuncio eficaz. Comunidades cristianas que sean espacio de crecimiento en la fe, que sean lugar de formación y encuentro gozoso, que sean acicate para desarrollar accio­nes transformadoras, comunidades que alienten el anuncio explícito de Jesucristo y que sean parte activa y comprometida de este gran edificio de piedras vivas que es la Iglesia.
La Acción Católica es expresión de este modo de ser asociado y co­munitario que vive como propia la misión de la Iglesia, la evangeliza­ción; donde todos los miembros se sienten parte activa y viven su fe en comunión con toda la Iglesia y sus pastores. Los movimientos de Acción Católica son expresión y testimonio del Evangelio en todos los ambientes y sectores, están llevando el mensaje de Jesucristo y se sienten en comu­nión con todo el Pueblo de Dios.
La Iglesia que peregrina en España necesita de cristianos laicos que con obras y palabras anuncien el Evangelio, necesita de la Acción Católica y otras asociaciones que lo lleven a todos los rincones de la sociedad, y necesita renovar, como siempre, el ardor, los métodos y la expresión para que la Palabra llegue a los hombres y mujeres de hoy.
En esta fiesta de Pentecostés, fiesta del Espíritu y de la Iglesia, sabemos y celebramos que "el cristiano tiene la misión de anunciar esta Palabra divina de esperanza, compartiéndola con los pobres y los que sufren, mediante el testimonio de su fe en el Reino de verdad y vida, de santidad y gracia, de justicia, de amor y paz, mediante la cercanía amorosa que no juzga ni condena, sino que sostiene, ilumina, conforta y perdona" (Sínodo 13). Contamos con la bendición de Dios. El cuenta con nuestro compromiso.
Oración de los fieles
Te pedimos, ¡envía tu Espiritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra!, sigue fecundando la humanidad con tu Palabra y con la vida entregada de cristia­nos laicos que viven y anuncian el Evangelio.
Para que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, toda la Iglesia anuncie a lesucristo y "sepa dar razón de su esperanza". Roguemos al Señor.
Por los pastores de la Iglesia, para que reconozcan y animen el compro­miso de los laicos en la Iglesia y la sociedad. Roguemos al Señor.
Por los laicos, para que, fieles a su misión, sean miembros activos de la Iglesia y anuncien con obras y palabras el Evangelio. Roguemos al Señor.
Para que en este momento de crisis económica seamos generosos y com­partamos nuestros bienes con los más pobres. Roguemos al Señor.
Para que trabajemos por un mundo más justo desde compromisos con­cretos que empiezan en nuestros pueblos y barrios. Roguemos al Señor.
Por los vlovimientos de Acción Católica y de Apostolado Seglar, para que atentos a las llamadas del Espíritu Santo sean fieles a su misión de anunciar el Evangelio en todos los ambientes. Roguemos al Señor.
Padre, nunca nos dejas solos, hoy te pedimos por la Iglesia y por todos los que la formamos. Haz que seamos signo y sacramento de tu amor ante los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.


Monición final
"Qué hermosos son los pies de los que anuncian la buena noticia". Nues­tro mundo está sediento de Noticias y mensajes de vida, justicia, perdón y paz. Que el Espíritu Santo mueva los corazones de los cristianos para anun­ciar el mejor Mensaje: Jesucristo. No podemos apropiarnos de Él, tenemos que compartirlo. En nuestras familias, en el barrio o el trabajo, en las aso­ciaciones de vecinos o en la escuela... en nuestro pueblo, en nuestra pro­fesión. Son lugares a los que el Evangelio sólo llegará si nosotros somos sus portadores. Que vuestras vidas, vuestras obras y vuestras palabras hablen de Dios y "sepan" a Dios.
Cantos
. Entrada: - El Señor os dará su Espíritu Santo - Jesús está entre nosotros
. Ofertorio: - Espíritu Santo, ven en el nombre de Jesús - Llevemos al Señor el vino y el pan . Comunión: -Ven, Espíritu de Dios, sobre mí
- Tú, Señor, me llamas
. Final: - Id por el mundo y proclamad
- Nos envías por el mundo

Apostolado seglar, reflexión del cardebal Rouco




El Cardenal Rouco afirma que Pentecostés nos invita a reflexionar sobre el Apostolado de los seglares
El Cardenal Arzobispo de Madrid ha hecho pública su carta pastoral con motivo de la celebración mañana del Día Nacional del Apostolado Seglar y de la Acción Católica, que este año tiene como lema «No he venido a ser servido, sino a servir». En ella recuerda que «la Solemnidad de Pentecostés nos invita a reflexionar acerca del Apostolado de los seglares y de su inestimable ayuda a nuestro ministerio apostólico». Monseñor Rouco se refiere también a que este año tiene «como telón de fondo el final del Año Sacerdotal convocado por Su Santidad Benedicto XVI en el dies natalis de S. Juan María Vianney, el santo cura de Ars».
22/05/10 9:23 AM


(Camineo.info/InfoCatólica) El Arzobispo de Madrid asegura que hemos de dar gracias a Dios por los frutos de la celebración del Año Sacerdotal, que se clausurará en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. "Entre ellos, el que la celebración de este año ha contribuido a una mayor estima y reconocimiento del ministerio sacerdotal por parte de los seglares, así como de la hermosa y callada labor de muchos sacerdotes que, en las parroquias y en los movimientos apostólicos, están al servicio de la vida espiritual de los fieles laicos".
Respecto al lema de la Jornada, el cardenal explica que destaca el aspecto del "servicio eclesial". Puesto que "las palabras del Señor no son una simple y bonita teoría, sino que, además de una enseñanza exigente acerca del servicio, son un anuncio anticipado de los dramáticos acontecimientos que los Apóstoles contemplarían pocos días después en Jerusalén", donde Jesús "lleva el servicio hasta el extremo: la entrega de la vida como la forma más plena del amor". Y es que, señala, "dar la vida es la prueba del mayor servicio, del amor más grande". Por eso, afirma que "todos los fieles cristianos deben reconocer que, por el bautismo, están llamados a vivir esta vocación de servicio".
En la Jornada del Apostolado Seglar, invita a los fieles "a renovar el deseo de vivir esta extraordinaria vocación de servicio en medio del mundo y, de un modo especial, a aquellos que habéis sido llamados a asociaros de distintos modos para hacer así más fecunda la misión apostólica de la Iglesia". Y recuerda especialmente las palabras pronunciadas por Benedicto XVI en su visita pasado el pasado més de marzo a la parroquia de S. Juan de la Cruz, en la diócesis de Roma el , en las que "valoraba la inestimable aportación de los nuevos movimientos y comunidades eclesiales a la evangelización y a la formación de un laicado maduro".
Llamada a participar en la preparación de la JMJ 2011
Para el cardenal, "la corresponsabilidad de todos los fieles en el ser y en la acción de la Iglesia ayudará a presentar una imagen viva y unida del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia", lo que "requiere la respuesta de todos a la acción del Espíritu Santo, que se derrama como vínculo de verdadera comunión". A continuación, monseñor Rouco invita a participar "en este espíritu de comunión y corresponsabilidad" y "según los propios carismas", en la "preparación de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que celebraremos en nuestra diócesis en agosto de 2011".
Asegura el Arzobispo de Madrid que la JMJ 2011 "será una oportunidad privilegiada para mostrar a la sociedad que el servicio común de todos los fieles, sacerdotes, religiosos y laicos, constituye un testimonio fiel de la novedad, vitalidad y universalidad de la Iglesia", así como para "agradecer el valioso don que el Santo Padre nos ha regalado al concedernos la celebración de esta Jornada".
Concluye pidiendo a la Virgen "que nos ilumine en el exigente, pero precioso camino del servicio a Dios y a los hermanos".

Dia del apostolado seglar- Mensaje obispos

Equipos de Laicos y Familia de los claretianos de Bética y Santiago - Viernes 21 de Mayo del 2010
ESTAR EN EL MUNDO AL SERVICIO DEL REINO DE DIOS
“No he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28)
SERÉIS MIS TESTIGOSLa vida del cristiano tiene que ser una vida activa, comprometida y empeñada en la causa de Jesús. La causa de Jesús es la causa de Dios y la causa de los hombres, la causa de la vida verdadera, la causa de la verdad y de la justicia, y por eso mismo también la causa de la salvación y de la felicidad.Esto siempre es así, porque creer en Jesús es establecer una relación de amistad y de comunión con El que nos lleva a compartir su visión del mundo y a empeñarnos con El en el anuncio del plan de Dios y en la realización de su Reino, que es fuente de verdad y de felicidad para todos. Creer en Jesús nos salva de la destrucción y nos hace, con El, salvadores de nuestros hermanos.En estos momentos, esta colaboración misionera de los cristianos es necesaria y urgente. En nuestro mundo hay muchas voces que no dejan oír la voz de Jesús. Muchos jóvenes viven en la ignorancia de Dios y del mensaje de Jesús. Sin ellos no pueden descubrir la belleza de la vida ni pueden gustar la verdadera alegría de vivir. Sin Jesús la vida es triste y aburrida, el egoísmo termina siempre en la desesperanza.Hoy los cristianos tenemos que ser todos misioneros, testigos de Jesús, que recuerdan con la vida la presencia de Jesús en el mundo y el valor de su evangelio. No podemos ocultar la luz que hemos recibido. No podemos dejar de colaborar con Jesús en esta tarea hermosa de ayudar a vivir a nuestros amigos en la alegría de la verdad y de la esperanza. Muchos amigos nuestros andan a oscuras y necesitan la luz de la vida que viene de Jesús. No seamos cobardes. No seamos egoístas. Hagamos que la luz del evangelio brille en medio de las tinieblas. Aunque seamos pocos, si nos movilizamos, podemos cambiar la situación.
Fernando Sebastián, Arzobispo emérito de Pamplona-Tudela
Mensaje de los obispos con motivo del Día del Apostolado Seglar
Por
SIC el 22 de Mayo de 2010
Día de la Acción Católica y del Apostolado SeglarSolemnidad de Pentecostés23 de mayo de 2010«No he venido a ser servido, sino a servir»(Mt 20, 28)Servidores en la comunidadSacerdocio común – sacerdocio ministerial
La celebración del Año Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI, pretende impulsar la renovación espiritual de lospresbíteros, ayudándolos a poner el extraordinario don recibido de Dios al servicio de la Iglesia y de la sociedad. Esta celebración puede ser también una buena ocasión para que todos los cristianos profundicemos en las exigencias de nuestra vocación bautismal.Unos y otros, injertados en el cuerpo de Cristo, muerto y resucitado, en virtud del sacramento del Bautismo, hemos sido elegidos para formar parte de un sacerdocio santo, para colaborar como piedras vivas en la construcción de un edificio espiritual y para ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo (1 Pe 2, 4-5).Como consecuencia del sacramento del Bautismo, los presbíteros, los religiosos y los cristianos laicos participamos del triple oficio de Cristo, sacerdote, profeta y rey.Ciertamente, entre el sacerdocio ordenado y el sacerdocio comúnde todos los bautizados existe una diferencia esencial. Pero esta diferencia no puede entenderse nunca como separación, sino como complementariedad entre ambos sacerdocios, pues uno y otro proceden del único sacerdocio de Jesucristo. El sacerdocio ordenado está al servicio del sacerdocio común de todos los bautizados. Es más, la persona que ha recibido el orden sacerdotal sigue siendo un cristiano y, por tanto,en él permanecen íntegras la llamada a la santidad y la exigencia del testimonio.San Agustín nos ha legado un precioso testimonio, en el que podemos percibir la importancia del sacerdocio bautismal, la urgencia de la comunión eclesial y la necesidad de la corresponsabilidad entre lospresbíteros y los cristianos laicos en la acción misionera de toda la Iglesia.Decía él: «Cuando me da miedo pensar lo que soy para vosotros, me llena de consuelo lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy un cristiano; aquel es el nombre de un oficio, este es el nombre de la gracia; aquel es mi responsabilidad; este es mi salvación» (Sermón 340, 1).El lema elegido este año para la celebración del Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica, con ocasión de la solemnidad de Pentecostés, nos invita a tomar conciencia de esta realidad descrita por san Agustín. Tanto los presbíteros como los fieles laicos formamos parte de un mismo cuerpo, de la única Iglesia de Jesucristo. Esta pertenencia eclesial, que es gracia y don de Dios, nos plantea un conjunto de exigenciasque debemos tener muy presentes en la vivencia de nuestras respectivas vocaciones.La primera exigencia para todos los bautizados es la de permanecer en Cristo. Esto lleva consigo acoger sus enseñanzas, buscar ante todo el Reino de Dios y alimentar nuestra vida con la gracia divina en las celebraciones litúrgicas. Jesucristo, la piedra angular desechada por los arquitectos, debe ser siempre el sólido fundamento de nuestra vida cristianay de nuestros proyectos evangelizadores. Él nos regala a todos los bautizados su vida de Resucitado, nos invita a participar en la edificación de su Iglesia y nos une en la más perfecta comunión, mediante el don del Espíritu Santo. Sólo desde esta radical comunión podremos dar fruto abundante.En medio del individualismo y de la disgregación que observamos en la sociedad y, en ocasiones, también en la Iglesia y en las mismas asociaciones apostólicas, la unión a Cristo, alimentada y sustentada en la oración y en la participación frecuente en los sacramentos, nos ayuda a fomentar la comunión fraterna, a impulsar la solidaridad, a rechazar los egoísmos y la dispersión pastoral, colaborando con convicción en laconstrucción de la casa común. «Todos, pastores y fieles, estamos obligados a favorecer y alimentar continuamente vínculos y relaciones fraternasde estima, cordialidad y colaboración entre las diversas formas asociativasde los laicos. Solamente así la riqueza de los dones y carismasque el Señor nos ofrece pueden dar su fecunda y armónica contribucióna la edificación de la casa común» (ChL 31).Por otra parte, la participación de todos los bautizados en el oficiosacerdotal de Cristo en virtud del Bautismo nos impulsa también a descubrirlos caminos recorridos por el Señor en el ejercicio de su sacerdocio,pues hemos sido llamados a seguirle. Como bien sabemos, no son caminosfáciles, puesto que Él lleva a cumplimiento su sacerdocio mediantela entrega amorosa e incondicional al Padre en la cruz por la salvaciónde todos los hombres.Esta entrega de Cristo al Padre se actualiza por el ministerio de laIglesia en la celebración de la Eucaristía. De este modo, los cristianos,incorporados a Cristo por el Bautismo, podemos y debemos ofrecerle alPadre con la ofrenda del Cuerpo de Cristo nuestra vida y todas nuestrasactividades. Las iniciativas apostólicas, las relaciones familiares, el trabajocotidiano y las mismas pruebas de la vida, si son realizadas en elEspíritu, se convierten en sacrificios espirituales agradables a Dios, nosllevan a contemplarlo todo con su mirada y se convierten en ocasiónpropicia para unir la fe y la vida, para crecer en la unión con Dios y paraofrecer un servicio más generoso a nuestros semejantes, ayudándoles aabrir su mente y su corazón al Señor. Esto es aplicable a los presbíterosy a los cristianos laicos.Finalmente, en el ejercicio del sacerdocio bautismal, no debemos olvidarnunca que la eficacia del sacrificio de Cristo proviene de su totallibertad y de su amor incondicional al Padre y a los hombres. Los cristianos,revestidos de Cristo en el sacramento del Bautismo, tenemos que viviry actuar como criaturas nuevas, proclamando las maravillas de aquelque nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Acogiendo el amorde Dios, que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo,debemos hacer del mandamiento del amor la brújula de toda nuestraexistencia.En ocasiones percibimos que algunos cristianos parecen dar más importanciaa otros dones recibidos del Señor que al mandamiento delamor. Como les sucedió a los cristianos de Corinto, todos podemos caeren la tentación de dar más importancia a los carismas extraordinarios, ala profecía y al don de lenguas, que al amor. El apóstol Pablo, al constatarestos comportamientos equivocados, les corrige y les invita a laconversión, haciéndoles ver que, si falta el amor, todo lo demás no sirvede nada.La Iglesia es enviada al mundo por encargo del Señor. Pero esta misióncorresponde especialmente a los cristianos laicos que, en virtud de«la índole secular», estáis invitados a progresar en vuestra santificación,ordenando los asuntos temporales de acuerdo con la voluntad de Dios.Ahora bien, este compromiso es necesario vivirlo con la clara concienciade que Dios nos ama y ama el mundo, se interesa por nosotros y quiere lasalvación de todos. Esta convicción profunda anima nuestro compromisoevangelizador, teniendo muy presente que siempre hemos de comenzarofreciendo el alegre testimonio del amor de Dios a nuestros semejantes.La solemnidad de Pentecostés nos recuerda la presencia impetuosadel Espíritu en la vida y misión de la Iglesia y es una magnífica oportunidadpara que sacerdotes y cristianos laicos profundicemos en las exigenciasdel sacerdocio bautismal, para que asumamos con gozo la vocacióna la santidad y para que demos pasos decididos en la corresponsabilidad
y en la misión evangelizadora de la Iglesia. Con ocasión de esta celebración,queremos agradeceros a los presbíteros, a los cristianos laicos y alas asociaciones y movimientos apostólicos vuestro testimonio creyentey vuestra inquietud misionera. Pensando en el futuro de la Iglesia, delmundo y de la evangelización, os invitamos a fi jar vuestros ojos en Jesucristo,sumo y eterno Sacerdote, y a abrirle vuestro corazón, teniendosiempre presente que lo que es imposible para los hombres siempre esposible para Dios. Pongamos todas nuestras inquietudes y preocupacionesen las manos del Padre y, como partícipes todos del único sacerdociode Cristo, mantengamos con la fuerza del Espíritu la fi delidad, renovemosla esperanza y sembremos a manos llenas el amor de Dios, aunquenos parezca que la semilla no acaba de brotar.Comisión Episcopal de Apostolado Seglar
+ Julián Barrio BarrioArzobispo de Santiago de CompostelaPresidente+ Juan Antonio Reig PlàObispo de Alcalá de HenaresVicepresidente+ Antonio Algora HernandoObispo de Ciudad Real+ Francisco Cases AndreuObispo de Canarias+ Atilano Rodríguez MartínezObispo de Ciudad Rodrigo+ José Ignacio Munilla AguirreObispo de San Sebastián+ Francisco Cerro ChávesObispo de Coria-Cáceres+ Juan José Omella OmellaObispo de Calahorra y La Calzada-Logroño
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Homilía Domingo 8º Pascua (C): Pentecostés

Homilía Domingo 8º Pascua (C): Pentecostés

(Hch 2,1-11) "Empezaron a hablar en lenguas extranjeras"
(1 Cor 12,3b-7.12-13) "En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común"(Jn 20,19-23) "Recibid el Espíritu Santo"La misión del Hijo y del Espíritu Santo“Se llenaron todos del Espíritu Santo” (Hch 2,4).Este es el día (haec est dies), en que el poder del misterio pascual se manifiesta en el nacimiento de la Iglesia.Este es el día, en que ante Jerusalén -en presencia de los habitantes de la ciudad y de los peregrinos- se cumplen las palabras que dirigió Jesús a los Apóstoles después de la resurrección: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22).Leemos en los hechos de los Apóstoles: “Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería” (Hch 2,4).En este discurso, que comprendieron enseguida los que lo escuchaban, incluso los que provenían de distintos países del mundo entonces conocido, se manifiesta el inicio de la misión: “como el Padre me ha enviado, así os mando yo” (Jn 20,21). “Id (por todo el mundo) y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19).La misión de la IglesiaLa Iglesia lleva dentro de sí desde el día de su nacimiento la misión del Hijo y del Espíritu Santo, y, en virtud del Espíritu de verdad, el Espíritu-Paráclito, permanece en ella la misión del Hijo: el Evangelio de la salvación eterna.“Les oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (Hch 2,11), exclaman totalmente desconcertados los que participaban en el Pentecostés de Jerusalén.“ ¡Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas!... Envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra” (Sal 103/104,24.30).Así se expresa el Salmista.Sin embargo, “las maravillas de Dios”, que anuncian los Apóstoles el día de Pentecostés por medio de Pedro, tienen un solo nombre: “Jesucristo”. Y hay una sola expresión del poder de Dios, que se ha manifestado entre nosotros: “Jesús es el Señor” (1 Cor 12,3).Esta gran obra de Dios, la mayor de todas en la historia de la creación y en la historia del hombre, está unida al nombre de Jesús de Nazaret, al Hijo de Dios que “se despojó de su rango tomando la condición de esclavo, que se sometió incluso a la muerte, y una muerte de Cruz, al que Dios levantó y al que Dios le concedió el "Nombre-sobre-todo-nombre": Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (cf. Flp 2,7-9.11).Señor -Kyrios- significa Dios (Adonai).El Espíritu Santo en la Iglesia.Precisamente esta verdad, esta “grande, la mayor obra de Dios” es la que anuncia Pedro el día de Pentecostés. Él habla por virtud del Espíritu Santo. “Nadie puede decir: "Jesús es el Señor", si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).Desde el día de Pentecostés de Jerusalén la Iglesia pronuncia esta verdad salvífica: “Jesús es el Señor”. La anuncian los Apóstoles, la acogen los que los escuchan, procedentes de diversos pueblos y naciones de la tierra. Y confiesan: “ ¡Jesucristo -el crucificado y resucitado- es el Señor!”.Desde el día de Pentecostés, en virtud del Espíritu Santo -que da la vida- comienza la peregrinación en la fe del nuevo Israel, del pueblo mesiánico.La dignidad de hijos de Dios en cuyos corazones mora el Espíritu Santo como en un templo, se ha convertido en la herencia de este pueblo. El mandato nuevo de amar como Cristo nos ha amado (cf. Jn 13,34) se ha convertido en su ley. El reino de Dios, comenzado en la tierra por el mismo Dios, se ha convertido en su fin. Así enseña el Concilio Vaticano II: “Este pueblo mesiánico..., aunque no excluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza de salvación” (LG 9).“La Iglesia es en Cristo como un sacramento... de la unión íntima con Dios” (LG 1).

VALE LA PENA DEJARSE TRANSFORMAR POR EL FUEGO DEL ESPIRITU SANTO



VALE LA PENA DEJARSE TRANSFORMAR POR EL FUEGO DEL ESPIRITU SANTO

CIUDAD DEL VATICANO, 23 MAY 2010 (VIS).-A las 10,00 de hoy, el Papa presidió en la basílica vaticana la Santa Misa en la solemnidad de Pentecostés.Comentando en la homilía el relato de Pentecostés del libro de los Hechos de los Apóstoles, el Santo Padre explicó que “del Hijo de Dios muerto y resucitado y que vuelve al Padre espira ahora sobre la humanidad, con inédita energía, el soplo divino, el Espíritu Santo. ¿Y qué produce –preguntó- esta nueva y potente auto-comunicación de Dios? Donde hay laceraciones y alienación, crea unidad y comprensión”.“Se desencadena -continuó- un proceso de reunificación entre las partes de la familia humana, dividida y dispersa; las personas, a menudo reducidas a individuos en competición o en conflicto entre ellos, alcanzadas por el Espíritu de Cristo, se abren a la experiencia de la comunión, que puede implicarlas hasta hacer de ellas un nuevo organismo, un nuevo sujeto: la Iglesia. Éste es el efecto de la obra de Dios: la unidad; por eso la unidad es señal de reconocimiento, la “tarjeta de visita” de la Iglesia a lo largo de su historia universal. Desde el principio, desde el día de Pentecostés, habla todas las lenguas”.Benedicto XVI subrayó que “la Iglesia nunca es prisionera de confines políticos, raciales ni culturales; no se puede confundir con los Estados ni con las Federaciones de Estados, porque su unidad es de otro tipo y aspira a atravesar todas las fronteras humanas”.“De esto, queridos hermanos, deriva un criterio práctico de discernimiento para la vida cristiana: cuando una persona o una comunidad se cierra en su propio modo de pensar y de actuar, es signo de que se ha alejado del Espíritu Santo. El camino de los cristianos y de las Iglesias particulares debe confrontarse siempre con el de la Iglesia una y católica, y armonizarse con él”.El Papa puso de relieve que “la unidad del Espíritu se manifiesta en la pluralidad de la comprensión. La Iglesia es por su naturaleza una y múltiple, destinada a vivir en todas las naciones, en todos los pueblos, y en los más diversos contextos sociales. Responde a su vocación, de ser signo e instrumento de unidad de todo el género humano, sólo si es autónoma de todo Estado y de toda cultura particular. Siempre y en todo lugar la Iglesia debe ser verdaderamente católica y universal, la casa de todos en la que cada uno se puede volver a encontrar”.Tras recordar que “en Pentecostés, el Espíritu Santo se manifiesta como fuego”, el Santo Padre exclamó: “¡Qué distinto es este fuego del de las guerras y las bombas! Qué distinto es el incendio de Cristo, propagado por la Iglesia, del encendido por los dictadores de todas las épocas, también del siglo pasado, que dejan tras de sí una tierra quemada”.“La llama del Espíritu Santo arde pero no quema. Y a pesar de ello, obra una transformación. (...) Este efecto del fuego divino, sin embargo, nos asusta, tenemos miedo de “quemarnos”, preferimos quedarnos como estamos. Esto es porque muchas veces nuestra vida está configurada según la lógica del tener, del poseer y no del darse. (...) Por una parte queremos estar con Jesús, seguirlo de cerca, y por otra tenemos miedo de las consecuencias que comporta”.Benedicto XVI alentó a los fieles a “saber reconocer que perder algo, incluso a uno mismo por el verdadero Dios, el Dios del amor y de la vida, es en realidad ganar, reencontrarse más plenamente. Quien se confía a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, y no se pueden quitar una vez que Dios nos las ha dado. ¡Vale, por tanto, la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo! El dolor que nos causa es necesario para nuestra transformación”.El Papa concluyó pidiendo al Espíritu Santo que encienda en todos “el fuego de su amor. Sabemos que ésta es una oración audaz, con la que pedimos ser tocados por la llama de Dios; pero sabemos sobre todo que esta llama -y sólo ésa- tiene el poder de salvarnos. Que por defender nuestra vida, no queramos perder la vida eterna que Dios nos quiere dar. Necesitamos el fuego del Espíritu Santo, porque sólo el Amor redime”.
HML/ VIS 20100524 (720)

Santa Mariana de Jesús Paredes, Virgen, OFS


SANTA MARIANA DE JESUS DE PAREDES

26 de mayo

SANTA MARIANA DE JESUS DE PAREDES
(† 1645)

La cristiana república del Ecuador puede presentar ante el trono de Dios y en el cielo de la Iglesia una digna émula de Santa Rosa de Lima en la fragante flor de santidad que se llama Mariana de Jesús de Paredes y Flores. Nacida en Quito el sábado 31 de octubre de 1618, de piadosos y nobles padres, fue bautizada el 22 de noviembre en la catedral y mostró desde sus primeros años entera inclinación a la virtud, especialmente al pudor y a la modestia virginal.
Huérfana de ambos padres desde los cuatro años, quedó al cuidado de su hermana mayor y del esposo de ésta, quienes la procuraron conveniente educación. Era Mariana de gran talento, de ingenio agudo, de inteligencia viva y precoz; se la preparó, por una parte, en las letras y, por otra, en la música; alcanzó mucha destreza en manejar el clave, la guitarra y la vihuela. También aprendió a coser, labrar, tejer y bordar, haciendo grandes progresos y ocupando así santamente el tiempo para huir de la ociosidad. Tenía una voz suave y dulcísima y una gran afición a la música, de tal manera que no dejó pasar un solo día sin ejercitarse en ella, aunque dedicándose a cantos religiosos, que la ayudaban a meditar y levantar su corazón incesantemente a Dios.
Ya desde su temprana edad su día estaba repartido entre la oración, el trabajo y algún recreo. Nos dicen sus compañeras que era muy inclinada al servicio de Dios, que celebraba todas las festividades de Nuestro Señor y de su Madre Santísima, y de todos los santos, sus devotos, con mucha veneración, haciendo altares, ayunando sus vísperas, provocando y animando a todos para que hiciesen lo mismo, sin ocuparse en juegos y entretenimientos pueriles. Solía retirarse para orar a algún rincón de la casa, donde la hallaban con las manecitas juntas, repitiendo con fervor angelical el avemaría, que había aprendido apenas supo hablar. Tenía singular afecto a la Pasión del Señor, y desde entonces practicaba penitencias y austeridades, que más adelante serían mayores y más asiduas.
A los ocho años hizo su primera confesión y comunión en la iglesia de la Compañía de Jesús, que desde entonces fue el lugar escogido para su oración y vida espiritual. El padre Juan Camacho, al examinarla quedó admirado de la inteligencia y comprensión de los divinos misterios que había en aquella niña, y casi culpaba a su familia de haberle dilatado algún tanto el recibir la Eucaristía. Despojóse desde entonces de toda gala mundana, y, movida del Espíritu Santo, se ofreció enteramente a Jesucristo, haciendo voto de perpetua castidad, al que juntó luego los de pobreza y obediencia, Cambió su nombre por el de Mariana de Jesús.
La Providencia desbarató uno tras otro dos proyectos suyos: uno, de ir a tierra de infieles para darles la fe cristiana (y para lo cual, como nueva Teresa de Jesús, intentó escapar de casa en unión de unas amigas), y otro, de entablar vida eremítica. Tampoco prosperó el deseo de los parientes, gozosamente aceptado por ella misma, de que entrara en la vida religiosa. Investigando en la oración y en la consulta a sus directores espirituales la voluntad de Dios, entendió ser ésta que viviese recogida en su propia casa, con la misma estrechez, pobreza y despojo de todas las cosas del mundo como pudiera hacerlo entre los muros de la comunidad más austera. En consecuencia, Mariana hizo arreglar pobremente, en la parte alta de su casa, un departamento con tres piezas: una salita, un pequeño aposento y una alcoba, completamente cerrados con cancel y cerrojos al resto de las personas, y de los que solamente salía para acudir por las mañanas a la iglesia. Su vida era de oración y penitencia continuas. Tenía en su pieza un ataúd, que le recordara constantemente la vanidad del mundo y la hora de la muerte.
Su tenor de vida queda descrito así por ella misma, en una distribución del tiempo que sometió a su confesor:
"A las cuatro —dice— me levantaré, haré disciplina, pondréme de rodillas, daré gracias a Dios, repasaré por la memoria los puntos de la meditación de la Pasión de Cristo. De cuatro a cinco y media: oración mental. De cinco y media a seis; examinarla; pondréme los cilicios, rezaré las horas hasta nona, haré examen general y particular, iré a la iglesia. De seis y media a siete: me confesaré. De siete a ocho: el tiempo de una misa prepararé el aposento de mi corazón para recibir a mi Dios. Después que le haya recibido daré gracias a mi Padre Eterno, por haberme dado a su Hijo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa le pediré muchas mercedes. De ocho a nueve; sacaré ánima del purgatorio y ganaré indulgencias por ella. De nueve a diez: rezaré los quince misterios de la corona de la Madre de Dios. A las diez: el tiempo de una misa me encomendaré a mis santos devotos; y los domingos y fiestas, hasta las once. Después comeré si tuviere necesidad. A las dos: rezaré vísperas y haré examen general y particular. De dos a cinco: ejercicios de manos y levantar mi corazón a Dios; haré muchos actos de su amor. De cinco a seis: lección espiritual y rezar completas. De seis a nueve: oración mental, y tendré cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a diez: saldré de mi aposento por un jarro de agua y tomaré algún alivio moderado y decente. De diez a doce: oración mental. De doce a una: lección en algún libro de vidas de santos y rezaré maitines. De una a cuatro: dormiré; los viernes, en mi cruz; las demás noches, en mi escalera; antes de acostarme tendré disciplina. Los lunes, miércoles y viernes, los advientos y cuaresmas, desde las diez a las doce, la oración la tendré en cruz. Los viernes, garbanzos en los pies y una corona de cardos me pondré, y seis cilicios de cardos. Ayunaré sin comer toda la semana; los domingos comeré una onza de pan. Y todos los días comenzaré con la gracia de Dios."
Esta regla de vida, asombrosa por su austeridad y oración, Mariana la guardó desde los doce años, sin más alteración hasta su muerte que estrechándola más aún los últimos siete años. Sin embargo, prudentemente, admitía tres causas posibles para omitir alguno de los ejercicios señalados: la caridad para con el prójimo, la obediencia a quienes le podían mandar y la absoluta imposibilidad física, cuando estaba tan desprovista de fuerzas por alguna enfermedad corporal que le era materialmente imposible tenerse de pie.
Santa Mariana no excluyó de su vida un discreto apostolado, principalmente con su oración por el prójimo, sus consejos a las almas que acudían a ella y la misericordia corporal para con los pobres. Era ya un gran ejemplo de virtud verla salir modestísimamente de su clausura camino de la iglesia.
Por consejo de sus confesores se hizo terciaria de San Francisco de Asís (ya que en la Compañía de Jesús no hay tercera orden, como ella tanto hubiera deseado). Siempre deseó vivamente ser enterrada en la iglesia de la Compañía, donde Dios tanto la había favorecido, y el Señor le cumplió colmadamente su anhelo, ya que el templo de los jesuitas en Quito (de extraordinaria riqueza, pues está espléndidamente dorado en todo su interior, desde el arranque de las paredes hasta los techos inclusive), no sólo guarda como precioso tesoro su sagrado cuerpo bajo el altar mayor, sino que le ha sido litúrgicamente consagrado poco después de su canonización.
Los testimonios de sus contemporáneos insisten especialmente en tres rasgos de su vida santa: su mortificación extraordinaria, su oración altísima y sus prodigios.
Decía ella misma a su criada Catalina: "Si duermo en esta cama, sabe que para mí es un regalo: porque algo se ha de hacer para merecer y ganar a Dios, pues en camas blandas y delicadas no se le halla; y supuesto que padeció tanto por mí, no es nada lo que yo haga por él." Sin embargo, para usar estas asperezas había de vencer la gran repugnancia que tenía su cuerpo a ellas: su cama era una escalera con los balaustres con filo hacia arriba, que de tanto usarlos llegaron a embotarse y gastarse; la almohada, un madero grueso y tosco. Ambas cosas las ocultaba durante el día debajo del lecho por medio de la sobrecama, que dejaba colgar hasta el suelo. Tres veces por semana usaba esta penitencia; los restantes días tomaba las tres horas de sueño sobre una áspera sábana de cerdas y piedrecitas.
Su abstinencia y ayuno eran prodigiosos. Para disimularlos hacía que le preparasen una comida ordinaria, que luego secretamente repartía entre los pobres, limitándose a tomar para sí algunos bocados de pan, que en ocasiones amargaba con hiel, acíbar, ceniza y hierbas.
De su amor a Dios da testimonio autorizado uno de sus confesores, asegurando que "en todos los días de su vida conservó la primera gracia que recibió en el bautismo.... no pecó en toda su vida mortal ni venialmente con advertencia". Otro decía: "Nuestro Señor la levantó a lo supremo de la contemplación, que consiste en conocer a Dios y sus perfecciones sin discurso y amarle sin interrupción".
Un testigo afirma de su caridad para con el prójimo: "Se ejercitó cuanto pudo y permitía su condición en obras de caridad espirituales y corporales, en beneficio de los prójimos; deseando viviesen todos en el temor y servicio de Dios; y para el efecto diera su vida." "Toda su conversación —añade una de sus compañeras— era de la gloria, de la virginidad y pureza, de la penitencia y vidas de los santos y santas, envidiándoles sus virtudes con santa emulación."
Aunque suplicó ardientemente a Nuestro Señor que no la concediera favores sobrenaturales exteriores en esta vida, por su humildad profunda, sin embargo, hizo por su medio varias profecías y revelaciones, además de lograr especiales conversiones y santificación de varias almas.
A principios del año 1645 se sintieron frecuentes terremotos y desastrosas epidemias en Quito. La ciudad estaba consternada. Mariana, conmovida por la desgracia de su patria, ofreció a Dios su vida en expiación de los pecados y en alivio de aquellos males. Nuestro Señor aceptó la ofrenda, porque desde aquel momento (26 de marzo) cesaron los temblores y la ciudad comenzó a tranquilizarse. Mas apenas la Santa se retiró del templo, donde había hecho ante Dios su sacrificio, comenzó a sentir los sufrimientos de la terrible enfermedad de que murió dos meses más tarde: apenas pudo llegar por sí misma a su habitación y hubo de ir a la cama por no poderse tener en pie.
Recibidos los santos sacramentos y entre sublimes afectos de amor divino, entregó su purísima alma a Dios el 26 de mayo de 1645, a los veintiséis años de edad.
A partir de su nacimiento para el cielo fue todavía mayor la veneración en que la tuvieron los quiteños y toda la nación por sus frecuentes milagros. El 17 de diciembre de 1757 Benedicto XIV introdujo su causa, Pío VI, el 19 de marzo de 1776, declaró heroicas sus virtudes. En 1847 Pío IX reconoció dos milagros suyos; el mismo Pontífice la beatificó el 20 de noviembre de 1853.
Reanudada la causa, bajo León XIII, el 23 de abril de 1903, correspondió a Pío XII llevarla a feliz término, canonizando solemnemente a Santa Mariana el 9 de junio de 1950, Por su parte, la Asamblea Constituyente del Ecuador, a 30 de noviembre de 1946, en reconocimiento de la virtud que la llevó a ofrecer su vida por la incolumidad del pueblo, la llamó en solemne decreto "heroína de la Patria".
GUSTAVO AMIGÓ JANSEN, S. I.